viernes, 21 de noviembre de 2014

Binomio fantástico: prado - ladrillo

Escribir a partir de un binomio fantástico es escribir utilizando dos palabras al azar. Estas no necesitan pertenecer al mismo campo ni al mismo ámbito de la vida cotidiana. Se pueden utilizar de forma completamente irreal. Todo es válido. Pero ambas palabras deben tener la misma importancia en la historia.
A partir de las palabras (del binomio fantástico) prado y ladrillo, he creado esta historia. No he jugado demasiado con ellas, pero ¡espero que os guste!

El prado de las maravillas

Cuenta la leyenda que al otro lado de las montañas azules hay un inmenso prado donde la vegetación se despliega sin fin y los animales encuentran descanso, similar al que un oasis ofrece en el desierto. Este prado verde, protegido del mundo por la cordillera que lo rodea, alberga innumerables tesoros: cascadas y ríos de agua cristalina, especies de pájaros ya extintas en el resto del mundo, animales exóticos pertenecientes a otras eras y jugosos frutos que crecen en los miles de árboles que se extienden por su inmensa llanura.

Sin embargo, el mayor tesoro de todos se esconde bajo un instrumento que llegó hasta allí por obra del ser humano: un ladrillo. Dice la historia que un descendiente de Adán enterró un tesoro, de un valor indescriptible, bajo el árbol más grande del prado. Dicho tesoro, además de innumerables riquezas, albergaba poderes divinos, destinados a aquel que retirase el ladrillo que lo cubre. Nada más que un ladrillo fue necesario para esconderlo en aquel paraíso, pues todo el que osara retirar dicho ladrillo sería víctima de una maldición mortal.

Muchos han sido los que se han aventurado en este prado de las maravillas y pocos han regresado. Los que retornaron lo hicieron con las manos vacías y la muerte reflejada en los ojos. Por sus relatos sabemos que, en el momento en que unas manos levantan el ladrillo, una lluvia de pedruscos arrecia y arrasa a todo aquel que no esté a cubierto. Por sus testimonios sabemos que los cadáveres que perecen víctimas de su codicia son después el abono para esa tierra tan fértil.

Esta leyenda llegó a oídos de una intrépida pueblerina, cuyo hogar se situaba a este lado de las montañas azules. Cuando escuchó la historia por vez primera, proclamó que conocía el secreto para destapar el tesoro enterrado. “Para encontrar el tesoro no hay que levantar el ladrillo, ¡ese es el secreto!”, pero nadie la creyó. ¿Quién escucha a una mujer si además es campesina? Pareció ajena a las burlas que se propagaban de pueblo en pueblo y anunció que se adentraría en el prado de las maravillas y que allí donde otros fracasaron, ella triunfaría. Invitó a otros a unirse a su expedición, pero incluso los más avariciosos se negaron: ni todas las riquezas del mundo valían el precio de sus vidas.

Tan solo una persona aceptó acompañarla: un niño flaco y ojeroso que estaba perdidamente enamorado de ella. Todos los vecinos de los alrededores fueron a despedirla, no por cortesía sino por curiosidad e incluso por burla. “No lo logrará, hombres más fuertes e inteligentes han fracasado”, “No tendrá el valor suficiente, hombres más osados que ella volvieron con el miedo dibujado en el rostro”.
Y de todas las habladurías, una sola predicción fue cierta: “Nunca regresará”.

Salió de la boca del sabio, pues también él conocía que el tesoro oculto bajo el ladrillo del prado solo podía desenterrarse cuando el corazón no viajaba por codicia, sino por encontrar lo que tantos seres humanos pierden entre sus riquezas: la felicidad. Y, así, los años pasaron y la muchacha no regresó. Los vecinos, que a veces se consolaban imaginando que había perecido –pues imaginarla desenterrando el tesoro les producía una gran envidia- la olvidaron con el paso del tiempo.

Desde entonces, esta historia se convirtió en un cuento de niños y el secreto murió con el sabio: la joven nunca necesitó levantar el ladrillo que ocultaba aquel tesoro, pues encontró la felicidad en el prado de las maravillas, lejos de las envidias y codicias humanas, acompañada de aquel niño, que era el amor de su vida.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Catacumbas

Era una calle estrecha. La luz amarillenta de la farola tintineaba y la bruma se había aposentado en la noche, por lo que les tomó un tiempo distinguir la figura que se acercaba hacia ellos, envuelta por las sombras. Estaban parados junto a los contenedores de basura, como les habían indicado, y, entonces, la figura se detuvo a su lado.

—¿Tenéis las invitaciones? —susurró, vigilando que nadie los viera.

Entregaron los billetes. El hombre los condujo hasta un recoveco entre dos casas abandonadas en aquella misma calle. Retiró una losa del suelo que dejó al descubierto un agujero.
Florent miró con los ojos llenos de dudas a Laurie, quien le devolvió la mirada asustada y la sonrisa emocionada. Estaban a punto de adentrarse en un mundo reservado a muy pocos. No podían echarse atrás. Habían pasado semanas imaginando cómo sería y qué habría al otro lado, experimentando sentimientos de emoción y nervios al mismo tiempo. Florent pensó que ya era tarde para echarse atrás; tampoco quería que Laurie lo viera como un cobarde. Se deslizó por el agujero.

No había estado convencido de esta aventura en ningún momento, pero Laurie se lo propuso a él y a Christian al mismo tiempo, y solo tenía una invitación extra. Florent no se habría perdonado perder la oportunidad de pasar una noche a solas con ella, y aprovechó los segundos de indecisión de Christian para aceptar acompañarla. No fue hasta una semana después que se dio cuenta de lo que había hecho. Para empezar, Laurie y él no estarían solos, sino en grupo. Poca gente tenía acceso a las catacumbas clandestinas de París, y los que conseguían este privilegio no podían adentrarse solos, se necesitaba un guía. Iban a una rave, sería emocionante… pero Florent no podía quitarse de la cabeza todo lo que le habían contado. Las catacumbas, que se expandían por cientos de kilómetros bajo el suelo parisino, albergaban tantos secretos como pasadizos: sectas, grupos de indigentes, ritos satánicos, ataques a los incautos que se adentraban en ellas, ratas y podredumbre...

Tras bajar por el agujero, encendieron una de las antorchas clavadas en la pared y que estaban destinadas a los que llegaban. Esperaron largo rato, pero nada ocurrió, nadie vino en su busca.

—Tal vez nos esperan más adelante... —aventuró Laurie, que ahora parecía tan poco segura de sí misma como del plan.
—Nos dijeron que debíamos esperar en la entrada.
—Tal vez haya una especie de entrada más adelante... Vamos a ver.

Avanzaron por el pasillo, encorvados, escuchando el eco de sus propias pisadas y descendiendo cada vez más... hasta que llegaron a un salón donde, efectivamente, había numerosas pisadas en el suelo arenoso. Si el grupo los había esperado, ya se habían ido.

—Si seguimos el rastro daremos con ellos. ¡Vamos!
—Laurie, no creo que debamos ir solos, ¿no deberíamos salir y... —pero ella ya se había adentrado en las profundidades de la cueva.
Florent dio un suspiro y la siguió. En cualquier caso, no podía dejarla sola. Recorrieron los pasadizos en silencio, con los ojos entornados para ver mejor. Giraron a la derecha, después a la izquierda, de nuevo a la derecha. Siguieron todo un pasillo hasta darse cuenta de que era un callejón sin salida. Dieron media vuelta y giraron en la siguiente intersección. Continuaron durante lo que parecieron horas, sin atisbo de la música que pudiera darles pistas de dónde se celebraba la fiesta... Volvieron a girar a la derecha, subieron unas escaleras y llegaron a una galería con agua que les llegaba a la cintura. Al otro lado de la sala, el suelo era de piedra. No quedaba rastro de las pisadas.
—No... no puede ser... ¡Si me escucharas cuand...
—¡Sshhh! —Laurie se volvió hacia él, nerviosa. Señaló con un dedo tembloroso la galería contigua.
Había un ruido atronador. Pero no era la fiesta a la que estaban invitados. Había un escenario, innumerables figuras, cubiertas de pies a cabeza, se agitaban y gritaban como poseídas por la música infernal que envolvía la sala…
Florent no necesitó ver más. Echó a correr. No llegó a saber si los habían descubierto, ni si Laurie lo seguía. Corría despavorido sin dirección, había perdido la orientación hacía horas. Tropezó y se dio de bruces contra el suelo. La antorcha aterrizó en un charco y la oscuridad se cernió sobre él. No oía nada. Laurie se había quedado atrás. Tanteó la pared. El pánico le aprisionó el pecho: jamás lograría salir.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Declaración de amor

—La primera vez que la vi estaba acompañada y feliz. Su voz me pareció grave y tenía las cejas muy pobladas, pero tenía una sonrisa tan amplia como sincera. Se sentó en frente de mí y me escuchó tocar. Ella no lo supo y ya no lo sabrá nunca, pero las manos empezaron a sudarme y las teclas del acordeón se me volvieron resbaladizas y engañosas. Yo había llegado hacía tan solo tres meses, pero ella vivía aquí desde hacía un año, por eso hablaba tan bien francés. Cuánto me gustaba cuando la oía hablar con tanta soltura… Verá, el francés y yo no congeniamos muy bien. Yo lo intento y he tomado clases, pero no hay manera… y eso que para el lenguaje de la música tengo un don, ¿eh? Pero para los idiomas nada, no puedo. Por eso ella me parecía tan atractiva, daba gusto escucharla hablar… Después de aquella vez nos seguimos viendo, no tan a menudo como a mí me habría gustado, pero claro, no siempre se tiene lo que se quiere…

—¿Y en todas esas citas, nunca le habló de su novio?

—Sí, sí, claro. Bueno, yo no preguntaba mucho porque me ponía verde de celos, pero alguna vez me habló de él. Sobre todo cuando no les iba bien. En esos momentos era cuando más nos veíamos. Yo creo que me utilizaba como válvula de escape, ¿sabe? Nunca pasó nada entre nosotros. Ya me habría gustado a mí que pasara algo… Y no será porque no insistí, ¿eh? Yo erre que erre, y ella que no y que no. Sinceramente pienso que ella le quería, porque ni una vez se dejó caer en la tentación ni me dejó ver ningún signo de debilidad, excepto por cómo me miraba... Las chispas saltaban cuando nos veíamos. No era una pasión desenfrenada, no, era más bien como un lazo invisible que atrapa dos personas; aunque ellas no sepan por qué o apenas se conozcan, ahí están: unidas por un elemento inexplicable que las atrae como imanes. Así que, inevitablemente, cada vez que nos veíamos nos comíamos con la imaginación, que no con los ojos, porque no creo yo que le atrajera mucho, físicamente quiero decir. Ya ve que soy canijo  y tirando a feo. Pero vaya que si nos atraíamos… yo creo que era por nuestro carisma, aunque ella también me volvía loco por lo guapa que era, todo hay que decirlo…

—Señor Ramírez, entiendo que se sienta abrumado por los hechos y que usted la tenía en mucha estima, y comprendo que quiera recordar todos los buenos momentos, pero ¿le importaría ceñirse un poco más a las preguntas? Todavía no me ha dicho de qué hablaban durante sus encuentros o si ella le confesó algo que pudiera darnos una pista de lo ocurrido.

—Sí, perdone. El caso es que cuando ella estaba mal con su chico nos veíamos más a menudo. Ya le digo que nunca pasó nada, y no creo que me llamara para ponerlo celoso, porque esas cosas se notan. Y si hubiera visto cómo me miraba habría pensado lo mismo que yo, porque era una de esas miradas llenas de amor y de impotencia a la vez, ¿sabe? Como cuando ves a dos novios besándose y a ti te han dejado la noche anterior: los miras con nostalgia. Así me miraba ella, con nostalgia de lo que podría haber sido. Y por eso yo creo que me llamaba en aquellos momentos, porque podía permitirse soñar más que cuando estaba bien con su chico. Porque eso no se hace: cuando estás bien en una relación te alejas de la tentación, aunque esta última sea una fantasía. Pero si estás mal y tienes ganas de mandar toda la relación al carajo, te regocijas en tus anhelos más prohibidos y te permites el lujo de soñar despierto, de imaginar cómo sería tu vida si hubieras elegido a la otra persona. Así que como usted dice, sí, supongo que lo que ella y yo teníamos podrían considerarse “citas”, porque estoy convencido de que tras todos esos “no” ella se perdía a menudo en su imaginación, donde el otro llegaba después de mí y ella ya me había elegido. Y no, respondiendo a su pregunta, por supuesto que nunca me habló de poner fin a su vida, ni a la del pobre chaval. A veces yo la veía deprimida, pero eso es lo que hace esta ciudad, deprime a la gente.

—Muchas gracias, señor Ramírez. Por supuesto, no dude en llamarme si recordara cualquier detalle que pudiera darnos alguna pista más.

—Claro… Perdone, agente, ¿no tienen idea de qué pasó? Sé que no se les permite dar información sobre los casos, pero nunca me habría imaginado…

El policía lo miró con pena y, aunque el código lo prohibía, le respondió por compasión.

—Creemos que tuvieron una fuerte discusión y tras cometer el crimen, ella se tiró por la ventana. Suponemos que fue por remordimientos, pero no descartamos que padeciese alguna enfermedad mental o depresión. Lo siento mucho —añadió con sinceridad y lástima, cuando el interrogado bajó la mirada.

—Era buena persona… Debería poner eso en su informe. Si usted la hubiera conocido entendería por qué me pierdo cuando hablo de ella. Es esta ciudad, que deprime a la gente. Y yo, que tenía que haber llegado antes, para que no hubiera tenido dudas y me hubiese elegido a mí.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Reseña de La casa de los espíritus

Ya había leído a Isabel Allende en una ocasión. Bueno, más bien en tres, ya que hace años leí y me encantó su saga de aventuras La ciudad de las bestias, El reino del dragón de oro y El bosque de los pigmeos. Así que siguiendo la venada por leer a autores hispanoamericanos que me dio desde que leí por primera vez a Gabriel García Márquez (puse el listón muy alto para empezar...), y encantada como estaba con el "realismo mágico", me dije que La casa de los espíritus debía estar muy bien...

No me ha gustado.

Sin duda, la novela tenía un gran potencial y cuando leí la contraportada prometía: La casa de los espíritus en mi mente significaba misterio y realismo mágico por doquier. Tiene un comienzo increíble y uno de los principios de novela que más ganas me han dado de continuar leyendo, con Rosa la Bella, Clara la clarividente, el enamorado, Barrabás, el tío Marcos... La cosa prometía. El principio de la novela es magnífico y saboreaba cada palabra pensando que el resto sería igual... pero en algún momento todo este potencial se queda atrás y las ganas de seguir leyendo se esfuman. Es una pena, porque algunos personajes son la mar de interesantes. ¿Qué ha pasado para que el libro vaya desinflándose conforme avanza la trama?

Durante todo, todo el libro me parece que Isabel se pierde en las descripciones. Tanto describe que auto-spoilea la acción que contiene la trama. He de decir que yo adoro las descripciones y a menudo me da pena que muchos libros no dediquen más tiempo a trabajarlas, pero en este caso ha sido demasiado. Apenas hay acción ni misterio, porque todo viene descrito. Y no solo eso, sino que cada acontecimiento importante viene explicado varias veces. Si en la página 50 te dicen que Fulana y Mengano fueron descubiertos años después durmiendo en aquella posición... en la página 200 te dirá que Fulana y Mengano fueron descubiertos, durmiendo en la misma posición que la primera vez que los vieron juntos. Mi opinión es que si hubiera menos descripciones superfluas (porque son bonitas, pero hay demasiadas...) el lector quedaría más impactado por las importantes y se acordaría, 500 páginas después, de por qué pasa esto y cuál es la importancia para la novela, ataría cabos. Hay que dar un poco de crédito al lector, ya que no suele olvidar lo que lee, tan solo hay que evitar sobrecargar la novela con demasiada información innecesaria si después se quiere crear un efecto sorpresa.

Otra de las cosas que la mayor parte de lectores comentan, y me parece cierta, es que la estructura recuerda a la obra maestra de Cien años de soledad, ya que cuenta la historia de una familia a lo largo de varias generaciones. En beneficio de La casa de los espíritus diré que es mucho más fácil no perderse con los personajes (sobre todo porque los nombres no se repiten infinitamente). De hecho, tanto me recordaba a Cien años de soledad en la forma que cada vez que leía "Clara no quería repetir los nombres en la familia porque luego no quedaba claro en los cuadernos de anotar la vida" no podía evitar pensar que Isabel no quiso repetir nombres para que el lector no esté tan confundido como en la obra de García Márquez... Por cierto, con que se diga una vez que Clara no quería repetir los nombres en la familia porque luego no quedaba claro en los cuadernos de anotar la vida, es suficiente. Tengo la impresión de haber leído esta frase al menos 5 veces durante la novela...

La novela en sí es una descripción de los hechos. Le falta emoción, puesto que en pocos momentos se expresa emoción de lo que pasa, tan solo se describe. El lector no consigue sentir empatía por los personajes justamente por esto. Es como leer el guión de una obra de teatro en lugar de verla escenificada, con las acciones de los personajes, la modulación de la voz, la intriga... Imagino que Isabel quería escribir una obra que abarcara varias historias simultáneas, pero esto ha imposibilitado dar profundidad a los personajes (incluso a aquellos que tenían mayor potencial) y ha creado una extrema falta de acción en la novela.

Dejando aparte la forma en que está (d)escrita, otro de los aspectos que menos me han gustado ha sido el tratamiento de los personajes femeninos. Parece que están ahí por cuatro razones: A) ser violadas, B) tener hijos, C) ser objetos de deseo sexual, D) ser violadas. Incluso los personajes femeninos principales son descritos a menudo a partir de su maternidad, su condición sexual o su físico (era una mujer asentada en la madurez, más atractiva que durante la juventud gracias a la calma propia de su edad... y cosas por el estilo). Me ha parecido una pena que tantos personajes femeninos, en mi opinión los más interesantes de la novela, hayan sido reducidos a meros objetos, víctimas de violaciones per se, personajes sin voz ni voto... Claro que dichos elementos podrían ser la representación del tratamiento que las mujeres recibían en la época; pero esto último nada tiene que ver con las descripciones que el narrador hace de ellas, ya que podría haber abordado este elemento a partir de una visión algo más profunda y que fuera más allá de su condición sexual o reproductiva. Supongo que me ha impresionado (y decepcionado) el hecho de leer un libro escrito por una mujer con una descripción de los personajes femeninos bastante machista. ¿Era la intención de la autora?

O tal vez yo no haya sabido leer la novela como se merecía.

martes, 28 de octubre de 2014

Un recreo ensombrecido

Esta es la primera vez que participo en el taller creativo de Literautas, y en un taller creativo en general. Las pautas para escribir un relato de máximo 750 palabras eran que este debía tener lugar en un patio y contener la frase "¿Dónde están los niños?". Tras aportar alguna mejora siguiendo los comentarios de otros participantes, he aquí el resultado:


—Hoy Remi no saldrá al recreo.

Ha sido todo un alivio oírla decir esto. No habría soportado otro día en el patio del colegio. Hay quien piensa que los niños son adorables y a quienes les encanta jugar con ellos, pero para mí son monstruos sin piedad, llenos de mocos, que no saben controlar el daño que pueden infligir.

Esta semana ha sido una de las peores del año. Además del calor sofocante de junio, lo cual me agobia y me hace transpirar en exceso, han querido jugar conmigo todos los días. No son capaces de comprender cuánto los desprecio ni los sentimientos de odio que despiertan en mí. Para casi todos ellos el recreo es la mejor asignatura, pero para mí es un suplicio, especialmente en los días de primavera como este: recibo pelotazos, tirones de pelo, pellizcos y empujones, haciendo que me sienta como un insecto cuya vida depende de sus juegos. Cada día espero con temor la alarma que anuncia el descanso, rogando mentalmente al maestro que dé clase en ese momento para que se interponga a un tal martirio.

Y hoy he podido respirar tranquilo cuando la maestra de matemáticas les ha parado los pies y ha dicho que mejor me quedo descansando, pues este calor no es bueno para mi salud y será mejor que permanezca al fresco. Por un momento han parecido decepcionados, pero en seguida se les ha olvidado y han salido en estampida de la clase. El silencio envuelve ahora la sala y suspiro aliviado. La libertad es un sentimiento tan maravilloso como efímero…

Fuera parece que el ambiente está más cargado que de costumbre y la atmósfera se siente pesada, como si fuera a haber tormenta, pero desde mi sitio miro por las ventanas y no veo ninguna nube en el cielo. Aun así puedo sentir la pesadez que se respira en el aire. Observo el patio a través de los cristales, con miedo de que algún maestro llame a los niños y los obligue a entrar de nuevo por si acaso lloviera. Pero parece ser que ninguno ha salido hoy a vigilar mientras juegan, resguardándose en la sala de profesores del viento sofocante que ahora se ha levantado. Qué raro, debería haber alguien supervis… ¿¡qué es eso!? Una sombra acaba de aparecer en el patio, ¡pero es gigante! Me he dado tal susto que mis piernas no responden y no puedo moverme de donde estoy. ¿Qué está pasando? Aún tengo los nervios a flor de piel, pero mis músculos se tensan, preparados para reaccionar y esconderme si fuera necesario. La sombra viene del cielo y se alza como la luz de un foco, desde el suelo hasta una especie de artefacto circular. ¿Cómo lo llaman? ¡Ah, sí! ¡Un OVNI!

Los niños, que en un primer momento han pegado un respingo del susto, se acercan curiosos hacia la sombra, como moscas atraídas por esa luz violeta que las hipnotiza. Uno de ellos pone el pie sobre la sombra para demostrar que es un valient… ¡¿Qué diablos?! ¡La sombra se lo ha tragado! Abro los ojos todo lo que puedo, porque no creo lo que acabo de ver. Antes de entender qué acaba de pasar, la sombra comienza a moverse a toda velocidad por el patio ¡aspirando un alumno tras otro! Esa niña pecosa, y ese bruto de Nacho, o aquel gordito que no ha terminado su bocadillo… todos son absorbidos como si fueran pelusas de polvo, como si ellos fueran los insectos ahora. Y, sin más, la sombra desaparece. El ambiente se refresca. Una maestra sale por fin al patio para controlar que todo va bien. Pero se lo encuentra desierto, los balones quietos y las cuerdas de saltar a la comba esparcidas por el suelo…

—¿¡Dónde están los niños!? —grita alarmada, preguntando más para sí misma que otra cosa, y con el pánico impreso en el rostro corre por todo el patio llamándolos para, finalmente, volver a entrar a toda prisa en la sala de profesores.

El caos se desata en la escuela. ¿Cómo explicar la desaparición de todos los alumnos de un colegio? Sólo yo conozco la verdad, pero sé que a nadie se le ocurrirá pensar que hay testigos. Me invade un sentimiento de paz y tranquilidad. Nadie volverá a molestarme nunca más, pienso feliz mientras me acurruco en el hueco bajo la rueda de mi jaula.

viernes, 17 de octubre de 2014

El taxista juró que se vengaría

Terminó de un trago la copa de whisky sin hielo. Era la tercera aquella noche. Se limpió los lagrimones mientras miraba la foto encima de la mesa del salón. Estaba tomada en el castillo de Loarre, como recuerdo de sus primeras vacaciones. Habían pasado juntos 4 años, pero ni todos los esfuerzos que pusieron, ni todas las dichas que vivieron bastaron para salvar a la relación de los complejos que Mariano arrastraba desde la niñez.
—Fue hace más de 20 años, Mariano —le repetía a menudo César, exasperado—. Tienes que aprender a dejarlo pasar. ¿Acaso crees que mi adolescencia fue más fácil? Pero no puedes permitir que eso defina quién eres hoy.
Habían tenido cientos de discusiones como esa. Hasta que César se fue, cargado de pena e impotencia, porque no podía más, dijo.
—No puedo vivir con alguien que se avergüenza de estar conmigo, Mariano.
—¡Nunca me avergonzaría de ti! —replicó éste, con la voz ronca y el miedo a perderlo atascado en la garganta —. Sólo necesito algo de tiempo, ya sabes... No es fácil...
—¡Claro que no es fácil! ¡Pero ya han pasado más de 4 años y tu familia aún no sabe quién soy! No puedo seguir en una relación que no lleva a ninguna parte, lo siento.
César tenía razón, habían pasado muchos años desde todo aquel infierno. Y, sin embargo, no podía huir de él porque se había instalado en sus entrañas: la vergüenza de quién era le dolía como si hubiera recibido ayer mismo una paliza a la salida de la escuela, la desconfianza innata porque una vez su mejor amigo lo traicionó, el miedo a establecer relaciones profundas y ser rechazado cuando dijera la verdad sobre su sexualidad... Todo fruto de la maldad de Jaime, que no lo dejó respirar tranquilo ni un segundo mientras compartieron clase. Jaime, quien le hizo creer que era su culpa si le pegaban; quien fue el responsable de que el cura del barrio le dedicara más de un sermón los domingos; quien colgó fotos suyas por todo el barrio besando a aquel camarero... Jaime, que ahora veía prosperar su vida con un trabajo estable y una mujer embarazada. La ira le subió desde los dedos y se le instaló en el pecho, calentándolo con la intensidad de un incendio. Tiró el vaso contra la pared y pegó un grito que retumbó en el patio del edificio. Juró que se vengaría.

—Disculpe, ¿está libre? Necesito ir a Plaza España.
—Lo siento, señora, no estoy de servicio —encendió la luz roja para que no le molestara nadie más.
Por supuesto que estaba de servicio, pero había pasado meses esperando esta oportunidad. Había aparcado el taxi frente al edificio donde trabajaba Jaime. No debía tardar en salir: él y su mujer tenían cita esta tarde para una ecografía. Claro que cabía la posibilidad de que Jaime tomara el metro, pero si tenía algo de suerte éste se demoraría y necesitaría coger un taxi para llegar a tiempo al hospital. Así había pasado los últimos meses: espiando y rondándolo, esperando una oportunidad para que Jaime solicitara el taxi que él conducía. Esperando para cambiar definitivamente su vida, como Jaime había hecho con la suya años atrás.
Ahí estaba, con el pelo engominado y un traje nuevo. Parecía apresurado y cuando vio el taxi parado en frente se le iluminó la cara.
—Perdone, ¿podría llevarme al clínico? —preguntó sin reconocer al chófer.
—Claro.
—Tengo un poco de prisa. Debo estar allí en menos de 20 minutos —dijo entrando en la parte trasera —. ¿Cree que le dará tiempo?
—No se preocupe, conozco un atajo —sonrió Mariano mirándolo por el retrovisor.
Arrancó intentando que no le temblaran las manos de emoción y nervios.
—Me recuerda usted a alguien —comentó Jaime, que parecía satisfecho con la respuesta que le dio el taxista—. ¿Nos hemos visto antes?
—¿De qué conocería usted, un ejecutivo de punta en blanco, a un pobre taxista como yo? —rio a carcajadas Mariano.
—Sí... tal vez haya cogido su taxi antes... —comentó Jaime con aire concentrado mientras estudiaba el rostro del conductor.
—Oh, no, no. Le aseguro que esta es la primera vez. Si usted hubiera cogido mi taxi antes no estaría hoy aquí, Jaime —respondió Mariano, que aún parecía divertido por la situación.
—Ya... Oiga, ¿está seguro de que esto es un atajo? ¿No estamos desviándonos? Para llegar al clínico no es necesario atravesar el río y... —de repente, pareció darse cuenta de algo —. ¿Cómo me ha llamado? ¿Quién es ust...?
—Venga ya, Jaime, toda la vida haciéndome la existencia insoportable y ¿no te acuerdas de mí? —Mariano esbozó una sonrisa torcida y la venganza se leía en sus ojos—. He estado pensando... ¿no te parece injusto que alguien tan cretino como tú sea padre, y alguien que nunca hizo mal a nadie, como yo, vea su vida arruinada por cretinos? Estarás de acuerdo conmigo en que el mundo que quieres dejar a tu hija sea mejor que eso...
—Abre la puerta, Mariano. ¡Abre! ¡¡Déjame bajar!! Te juro que... —pero no llegó a terminar la frase, pues el susto le cortó la voz. Mariano había dado un volantazo y el coche cayó al vacío, para aterrizar en las oscuras aguas del Ebro.